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Estándar Literatura DEMAS BALKA eraria Recursos imprimibles Audio Los detectives salvajes Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México D. F., enero de 1976. Yen entonces uno de los muchachos me dijo: ¿Dónde están los poemas de Cesárea Ti- najero?, y yo salí del pantano de la muerte de mi general Diego Carvajal o de la sopa hirviente de su recuerdo, una sopa incomestibleje incomprensible que cuelga, creo yo, sobre nuestros destinos como la espalda de Damocles y les dije: en la última página, muchachos, y miré sus rostros fresquitos y atentos y observé sus manos que recorrían esas viejas hojas y luego volví a observar sus rostros y ellos entonces también me miraron y dijeron ¿no nos estarás vacilando, Amadeo?, ¿te sientes bien, Amadeo?, ¿quieres que te preparemos un café, Amadeo?, y con pasos vacilantes me levanté, me acerqué al espejo de la sala y me miré la cara. Seguía siendo yo mismo. No el yo mismo al que bien o mal me había acostumbrado, pero yo mismo (...) Y cuando hube vuelto a mi sillón les volví a preguntar qué era lo que opinaban ahora que tenían ante sí un verdadero poema de la mera Cesárea Tinajero, ya sin ninguna len- gua de por medio el poema y nada más, y ellos me miraron y luego, sosteniendo ambos la revista, se sumergieron otra vez en ese charco de los años veinte, en ese ojo cerrado y lleno de polvo y dijeron, caray, Amadeo, ¿esto es lo único que tienes de ella?, ¿este es su único poema publicado?, y yo les dije o tal vez solo susurré: pues sí, muchachos, no hay más. Y añadí, como para medir lo que de verdad sentían: ¿decepcionante, no? Pero ellos creo que ni me escucharon, tenían sus cabezas muy juntas y miraban el poema, y uno de ellos, el chileno, parecía pensativo, mientras su compinche el mexicano, se sonreía, imposible desalentar a esos muchachos, reflexioné, y luego dejé de mirarlos y de hablar y estiré mis huesos en el sillón, crac, crac, y uno de ellos al oír el sonido levantó la vista y me miró como para asegurarse de que no me había descuajaringado, y luego volvió a Cesárea y yo bostecé o suspiré y por un segundo, pero muy lejanas, pasaron ante mis ojos las imágenes de Cesárea y de sus amigos, iban caminando por una avenida de la parte norte del DF, y entre sus amigos me vi a mi mismo, qué cosa más curiosa, y volví a bostezar, y entonces uno de los muchachos rompió el silencio y dijo con voz clara era interesante, y el otro lo apoyó en el acto y dijo que no bien timbrada que poema solo era interesante sino que él ya lo había visto cuando era un escuincle. y ¿Cómo?, dije yo. En sueños, dijo el muchacho, no debía tener más de siete años y estaba afiebrado. ¿El poema de Cesárea Tinajero? ¿Lo había visto cuando tenía siete años? ¿Y lo entendía? ¿Sabía lo que significaba? Porque debía significar algo, ¿no? Y los muchachos me miraron y dijeron que no, Amadeo, un poema no necesariamente sig- nifica algo, excepto que era un poema, aunque este, el de Cesárea, en principio ni eso. Así que les d ron el único dos. Y vi el Sión Y les de e he e Am Dé De yc q d




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